Bajaba las escaleras del edificio para salir a tomar aire fresco, mientras bajaba vi por la ventana un manto blanco sobre la calle, era nieve. Me quedé parada viendo como caían los copos con los que pequeños niños jugaban tratando de atraparlos. ¡Que inocencia! -Pensé. ¿Cómo cuando se es niño uno puede ser feliz con tan poco? -Me cuestionaba. Ahora después de los 25 nada es suficiente, todo es necesario. Todo me sobra y todo me falta. Enferma por fuera y enferma por dentro, los brazos parecían dolerme me era imposible dar un abrazo, los dedos tiesos hasta "engaruñarse" para no permitirme digitar ninguna palabra de aliento mucho menos tocar otras manos, mi boca dislocada, dolor en las mandíbulas impidiendo moverla para hablar, mi cara sin expresión, no podía gesticular ningún movimiento que proyectara sensaciones, el rictus de mi rostro no permitía ver el interior de mi alma, me sentí perdida y desolada. Creí sentirme enferma o estar loca pero solo me aquejaba la cordura, el razonamiento desmedido. El invierno era evidente y yo no me había percatado, las horas de esté año me habían tratado tan plano que me parecían iguales todos lo días. Pensé -"ya viene navidad y ahora me parece tan patética que tendré que adornarla...".

La navidad ta peligros, todo en ella tiene que ser paz y armonía; el cinismo de la fiesta que insiste en resaltar que no se alcanzará la perfección que la fiesta exige, no resalta lo que tenemos, la arrogante fiesta nos recuerda los que no están , lo que no tenemos , el espacio bajo el árbol que no llenamos. El monstruo festivo que con nostalgia nos invade
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